Retratos
Unos de los primeros retratos significativos en la historia de la humanidad, son los hallados en la necrópolis egipcia de fayun; en cada sepultura se depositaba un retrato del difunto pintado sobre madera del tamaño de la palma de una mano. Es sorprendente la apariencia joven, viva, la luz que tienen esas miradas de ojos enormes que nos recuerdan a los retratos hechos por Picasso y Matisse. Esto se debe a que estas personas se hacían retratar en vida cuyo promedio de duración en ese entonces era de 35 años.
En los ritos funerarios de los reyes de Francia, el difunto debía estar expuesto durante 40 días. Como la putrefacción iba mas a prisa que la culminación de las ceremonias, se empezó a utilizar una efigie exacta de cera vestida con sus mejores galas y símbolos de poder. Esta imagen cumplía un rol de sustituto no perecedero del muerto. La efigie presidía todos los banquetes de la corte hasta que subiera un nuevo rey.
La costumbre francesa retorna a una tradición de la Roma imperial. Y hay en esta costumbre algo fenomenal, propio de la cultura cristiana: Entre el representado y su representación hay una transferencia de alma; Y es que para el hombre de occidente, su imagen es su mejor parte. Sin la angustia de su precariedad no hay necesidad de monumento conmemorativo; los inmortales no se harían fotos unos a otros. Solo el que pasa y lo sabe quiere perdurar. De nada se hacen tantas fotos y documentales como de aquello que esta en peligro de extinción: fauna, flora, viejos barrios... con la ansiedad de quien tiene los días contados se agranda el furor documental.
De la misma manera que un niño agrupa por primera vez sus miembros al mirarse en un espejo, nosotros oponemos la descomposición de la muerte a la composición de la imagen.
Bibliografia:
Regis Deliray
John Berger - El tamaño de una bolsa